No todo patrimonio se guarda entre muros o vitrinas. Hay otro que se respira, se canta, se baila, se recuerda y se repite cada día. El patrimonio inmaterial es, precisamente, lo que no se toca, pero nos construye por dentro. Son los oficios tradicionales, las fiestas populares, las lenguas que nos nombran, las recetas heredadas, los rituales cotidianos. Todo aquello que nos hace ser quienes somos.
Proteger este patrimonio exige una mirada distinta. No basta con conservar: hay que acompañar, reconocer, escuchar. Porque lo inmaterial no vive en los objetos, sino en las personas que lo encarnan y lo transmiten. Y cuando ellas desaparecen, si no hemos actuado, se pierde para siempre.
¿Qué es el patrimonio inmaterial?
Según el Plan Nacional de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial —que adopta la definición de la Convención de la UNESCO de 2003—, el patrimonio cultural inmaterial comprende “los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas, junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes, que las comunidades, los grupos y, en algunos casos, los individuos reconocen como parte integrante de su patrimonio cultural”. Este patrimonio se transmite de generación en generación y se recrea continuamente en función del entorno, la interacción con la naturaleza y la historia, infundiendo un sentimiento de identidad y continuidad a las comunidades. cultura.gob.es
Su rasgo distintivo es la intangible vitalidad: evoluciona, se adapta y vive solo si existe una comunidad que lo mantiene activo.
Saberes y oficios que resisten
En Asturias, este patrimonio late en cada rincón: en los teitadores que aún saben cubrir un tejado de paja, en las madreñeras que tallan la madera con maestría, en quienes conservan los cantos de siega o las fórmulas para curar con plantas. Son saberes que no están escritos, pero se llevan en las manos, en la memoria y en la voz.
Fernando Mora, arqueólogo con amplia experiencia en etnografía y gestión cultural, recuerda que:
“Cada saber tradicional que desaparece sin haber sido documentado o transmitido es una pérdida irreparable. Porque no solo perdemos conocimiento técnico: perdemos una parte de nuestra diversidad cultural.”
Proteger lo vivo
Proteger el patrimonio inmaterial es un reto complejo. No se puede encerrar en una vitrina ni restaurar cuando se rompe. Salvaguardarlo exige sensibilidad, respeto y compromiso: trabajar con la comunidad, reconocer su papel como portadora de saber y facilitar las condiciones para que esos saberes se mantengan vivos.
Desde sus servicios profesionales, Fernando Mora colabora en procesos de documentación, activación y mediación cultural, siempre desde una mirada participativa y respetuosa con los saberes locales. A través de talleres, entrevistas, materiales audiovisuales y proyectos comunitarios, su trabajo busca poner en valor lo invisible, lo que muchas veces no se ve… pero nos construye.